Amigdalatrópolis: los monstruos de la tecnología capitalista

 

Amidgalatrópolis

Amigdalatrópolis es una mirada a un mundo oscuro, cerrado y que advierte contra una sociedad que ha creado monstruos insospechados, pero no quie tere verlos, una que no aprovecha la tecnología para conectar sino para enfermar.

 

El título hace referencia a la amígdala cerebral que entre otras cosas regula fobias, miedos y procesos emocionales, e incluso disfunciones de la empatía o problemas para procesar estímulos sociales.

 

La historia nos lleva al mundo de la Deep web o foros de internet oscuro a través de un usuario sin nombre que ha tomado la decisión de no salir de su habitación. Gracias a su dominio informático ha conseguido un trabajo remoto que realiza apenas de forma automatizada y dedica el día a buscar imágenes perturbadoras, jugar y hablar con los consumidores de estas. Al tiempo rehúye a su familia que básicamente le proporciona comida a la puerta de su habitación y que le provoca una repulsión en ascenso.

 

La novela alterna 3 estilos narrativos: el relato presente del protagonista, las incursiones en foros en el mundo cibernético y el mundo del subconsciente o el sueño perturbado del protagonista que combina lo poético y la enfermizo a partes iguales.

 

Por otro lado, el libro discurre en un tiempo lineal, pero podría ser una metáfora de un apocalipsis universal o genérico por venir, provocado por el aislamiento, la asocialidad que deriva en enfermedad y misantropía, (incluso en casos en peligro). Aparece una clase social aislada, parias tecnologizados y consumidores de violencia, y, aparentemente, no promovida por la tragedia, el trauma o la falta de recursos (materiales o intelectuales) sino por una falta de empatía, apego o vinculación que la hace abandonar la sociedad. No parece descabellado viendo como un capitalismo, y funcionariado hasta cierto punto, de los que se ríe el libro, que el auge de la tecnología no lleve al progreso sino a la alienación y a desconexión, que los espacios cercanos se alejen por una distancia emocional, que su alarde de individualismo nos convierta en máquinas desagradables y nos haga extraños de nuestra humanidad, carnalidad y afecto, al tiempo que el goce parece provenir de la aprehensión de esa humanidad masticándola y asistiendo a su destrucción o degradación.

 

He aquí un cuento sin moraleja, sin salvación, que avisa sobre aquello que no vemos y donde el temor a la maquina se confunde con el temor al hombre. Caja negra se atreve una vez más a hacernos reflexionar sobre los abismos, a sacar a la luz realidades incómodas, pero en el fondo no tan lejanas.

 

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